Ética ambiental en clave martiana

Su juicio moral es categórico al respecto: “El mundo sangra sin cesar de los crímenes que seJose Marti cometen en él contra la naturaleza”. En contraposición a ese egoísmo ignorante y agresivo, Martí abogó por aprender de la Naturaleza, avanzando hacia una ética basada en el equilibrio de sus procesos. Así hubo de expresar la necesidad, a su juicio de “…ser útil al mundo, enseñándole que la naturaleza es hermosa, que la vida es un deber, que la muerte no es fea, que nadie debe estar triste ni acobardarse mientras haya libros en las librerías, y luz en el cielo, y amigos y madres.”


Ismael Clark



 


Cuando se enuncia el término “naturaleza”, muchos todavía evocan con preferencia al universo físico, inerte, cuando en propiedad es preciso reconocer que en su esencia misma está intrínsecamente incluido el ámbito de los seres vivos. Por añadidura, se tiende a no percibir la presencia y la intervención humana en el contexto natural, cuando hoy sabemos de sobra que nuestra especie es una parte inseparable del mismo.


Estudiosos de la obra martiana como Josefina Toledo han profundizado y puesto de manifiesto las múltiples facetas —ética, estética, filosófica y científica— de la cosmovisión martiana de la naturaleza. De la misma son notables, por su profundidad y alcance, ejemplos como el siguiente, extraído de unas notas preparadas para un eventual artículo en la revista La América:


“Cuando se estudia un acto histórico, o un acto individual, cuando se les decomponen en antecedentes, agrupaciones (…), cuando se observa como la idea más simple, o el acto más elemental, (…) con no menor lentitud se forman, que una montaña, (…) o un músculo (…): cuando se ve que la intervención humana en la naturaleza acelera, cambia o detiene la obra de esta, y que toda la Historia es solamente la narración del trabajo de ajuste, y los combates, entre la Naturaleza extrahumana y la Naturaleza humana, parecen pueriles esas generalizaciones pretenciosas, …”


El avance de la ciencia y de la tecnología ha contribuido a mitigar una parte de los riesgos que encierran para los humanos una serie de fenómenos naturales; pero a la vez, en virtud de su estrecha vinculación, el destino de la civilización humana se encuentra inexorablemente ligado a las transformaciones cada vez más trascendentes que se vienen produciendo en el entorno natural por la desmedida influencia de las actividades humanas.


Martí nos brinda una anticipada percepción de estas cuestiones cuando expresara pensamientos como estos:


La naturaleza sola no es nuestra madre: ¿quién quiere tener una madre injusta, criminal torpe y loca? ¡Benditas sean las manos que rectifican esas equivocaciones, y endulzan estos errores sombríos de la ciega madre creación!”


“La naturaleza no tiene celos, como los hombres. No tiene odios, ni miedo como los hombres. No cierra el paso a nadie, porque no teme de nadie. Los hombres siempre necesitarán de los productos de la naturaleza.”


La armonía habría de ser, a sus ojos, el objetivo supremo del diálogo entre los humanos y su entorno: “…confiar en la armonía de nuestra naturaleza y en esa constante relación de la naturaleza y el hombre, cuyo conocimiento da a la vida un nuevo sabor, y priva a la tristeza de buena parte de su veneno y de su amargura”.


El disfrute estético y el ocio han constituido siempre y seguirán constituyendo una faceta importante de la aproximación y valoración humana de la naturaleza, fuente de sosiego y alivio de tensiones vitales. Acerca de ese componente estético encontramos en el Maestro elocuentes y bellas alusiones. Valga el siguiente fragmento, extraído de sus Escenas Norteamericanas: “ (…) como si hubiera sobre la tierra nobleza mayor, ni la impresión más sana y dulce, que la que pone en un alma limpia el espectáculo de la hermosura de la naturaleza, y el tráfico con sus fuerzas vivas”.


O esta otra: “Y admiré en el batey, con amor de hijo, la calma elocuente de la noche encendida, y un grupo de palmeras, (…) y las estrellas, que brillaban sobre sus penachos. Era como un aseo perfecto y súbito, y la revelación de la naturaleza universal del hombre”.


Sin embargo, la clave principal de la relación entre hombre y entorno en la época actual es la explotación de recursos naturales de forma que ya casi linda con lo irracional, como parte de procesos cada vez más complejos de producción y consumo, lo cual trae consigo una devastación excesiva de dichos recursos. La relación productiva entre hombre y entorno se inició con el establecimiento de la agricultura, hace unos diez mil años. Ahora bien, es con la expansión de la producción industrial y de la demanda de energía, en los últimos siglos, que se ha entronizado una percepción del medio natural como un ente económico.


Las secuelas adversas de esa sesgada apreciación económica de lo natural van desde la deforestación indiscriminada hasta los más diversos grados de contaminación, lo que incluye la ocurrencia de desastres de vigencia tan actual como las mareas negras producidas por el derrame de hidrocarburos. De todas las adversidades, la afectación a la biodiversidad es la más terrible en razón de su magnitud e irreversibilidad y el cambio climático acelerado por causas antrópicas, el más amenazante y de más ineludible enfrentamiento.


La agresión desmedida al medio natural, y sus dañinos efectos, tuvieron en nuestro Apóstol apreciación y reflejo en conceptos como estos: “Comarca sin árboles, es pobre. Ciudad sin árboles, es malsana. Terreno sin árboles, llama poca lluvia y da frutos violentos. (…) hay que cuidar de reponer las maderas que se cortan, para que la herencia quede siempre en flor; y los frutos del país solicitados, y este señalado como buen país productor”.


Su juicio moral es categórico al respecto: El mundo sangra sin cesar de los crímenes que se cometen en él contra la naturaleza”. En contraposición a ese egoísmo ignorante y agresivo, Martí abogó por aprender de la Naturaleza, avanzando hacia una ética basada en el equilibrio de sus procesos. Así hubo de expresar la necesidad, a su juicio de “…ser útil al mundo, enseñándole que la naturaleza es hermosa, que la vida es un deber, que la muerte no es fea, que nadie debe estar triste ni acobardarse mientras haya libros en las librerías, y luz en el cielo, y amigos y madres.”


El mezquino antropocentrismo vulgar, egoísta e irresponsable, se da de narices con la sabia advertencia martiana: de que “(E)l hombre no es un soberbio ser central, individuo de especie única, a cuyo alrededor giran los seres del cielo y de la tierra, animales y astros; sino la cabeza conocida de un gran orden zoológico”.


Autores contemporáneos como V. R. Potter, fundador de la Bioética, han condenado con enjundiosos conceptos la cultura material que prevalece en los países altamente industrializados, la cual se basa en un desenfrenado consumo que se acopla a su vez con la explotación, degradación y progresivo agotamiento del fondo de recursos naturales. A esa modalidad de modelo social y cultura material la ha llamado Potter: “supervivencia irresponsable” y ha denunciado sus contradicciones, subrayando como éste “provee empleo con elevada remuneración a unos pocos en tanto millones permanecen por debajo de los niveles de pobreza”.


Para nosotros resulta claro que, en su devenir, el desarrollo capitalista no ha hecho sino multiplicar y agravar sus aristas negativas, que ya en su época había percibido y denunciado Martí. Al redactar un artículo para la Revista Universal de México, este había apuntado que: “(…) la ciudad donde hay muchos ricos es, sin embargo, miserable, y son en ella el comercio débil, los cambios difíciles, la atmósfera densa, e inextinguible el odio que despierta en los cuerpos vestidos de harapos, la presencia continua de los desocupados vestidos de riquezas”.


Guiado por sus convicciones revolucionarias, para Martí era inadmisible que se habían ido “acumulando los palacios de una parte, y de otra la miserable muchedumbre”. Con ello desnudaba la flagrante injusticia de aquel sistema del cual, si bien admiraba su progreso técnico, repudiaba que “castiga al más laborioso con el hambre”.


En la rectificación del curso seguido hasta ahora y la toma del rumbo hacia la equidad y la sostenibilidad, tienen la mayor vigencia componentes medulares del pensamiento martiano. En la Correspondencia particular de El Partido Liberal, de México, publicada en Nueva York, es posible leer: “Todo el anhelo de la civilización está en volver a la sencillez y justicia de los repartimientos primitivos”. No caben dudas de que en esa futura corrección del rumbo corresponderá a la ciencia hacer su aporte desde el ámbito de la racionalidad. Valga al respecto la afirmación martiana: “¿Para qué, sino para poner paz entre los hombres, han de ser los adelantos de la ciencia?”.


A comienzos del presente milenio, las Academias de Ciencias de todo el mundo coincidieron en la necesidad de una “transición a la sostenibilidad” y así lo proclamaron en un manifiesto hecho público entonces. Ese y otros llamados no han logrado, sin embargo, penetrar de manera generalizada en la conciencia humana, en especial entre aquellos que “disfrutan” del modelo consumista.


Hemos de retornar a Martí en apoyo de nuestra afirmación, para recuperar su elevada percepción de la ciencia y su relación con lo natural. Escribió él: “¿Y las ciencias? Las ciencias confirman lo que el espíritu posee: la analogía de todas las fuerzas de la naturaleza: la semejanza de todos los seres vivos; la igualdad de la composición de todos los elementos del Universo; la soberanía del hombre, de quien no se conocen superiores (…)”.


“Donde yo encuentro poesía mayor es en los libros de ciencia, en la vida del mundo, en el orden del mundo, en el fondo del mar, en la verdad y música del árbol, y su fuerza y amores, en lo alto del cielo, con sus familias de estrellas, y en la unidad del universo, que encierra tantas cosas diferentes, y es todo uno, y reposa en la luz de la noche del trabajo productivo del día. (…)”


En el momento actual, no obstante, sobre la búsqueda y el conocimiento científicos pende también la amenaza de una mercantilización a ultranza semejante a la que se pretende generalizar con los recursos naturales. Lo imperioso de luchar contra esta maligna tendencia se colige de la necesidad de promover y aplicar los sistemas más eficaces de conocimiento de la realidad (el empleo de la ciencia) para evaluar el estado, las causas y las consecuencias de la actual situación de insostenibilidad ambiental a la que el capitalismo ha arrastrado a la humanidad y sobre todo, de encontrarle solución.


En medio de estas circunstancias, el ideario martiano se reitera en palabras de uno de sus más ilustres seguidores: Fidel Castro. Imbuido del pensamiento martiano y reflejo supremo de todo lo mejor del humanismo revolucionario contemporáneo, el líder histórico de la Revolución Cubana ha expresado una convicción que constituye, para muchos de nosotros, un nuevo acicate a la vez que un desafío: “El ser humano necesita aferrarse a una esperanza, buscar en la propia ciencia una oportunidad de supervivencia, y es justo buscarla y ofrecérsela”.

 


Tomado de La Jiribilla

Fuente: Cubarte

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