Asfixia en el supermercado

Producir y comer de esta forma nos lleva a  generar entre un mínimo del 44% y un máximo del 57% de las emisiones de  gases con efecto de invernadero producidas por el ser humano. 



Gustavo Duch - Palabre_ando


En  un mundo donde la información se expande a la velocidad de la luz, la  ciudadanía preocupada y responsable aprende y sabe muchas cosas. Sabemos  que las grandes masas forestales y selváticas se reducen peligrosamente  afectando a especies animales y vegetales que desaparecerán antes  incluso de que sean descubiertas. La tala de estos bosques o su  contaminación por escapes de petróleo es, a su vez, causa de  aniquilación insonora de poblaciones humanas e indígenas que hicieron de  la naturaleza su medio de vida. En el sur del sur de América, se rasgó  la capa de ozono, un agujero que no se ve pero que deja invidentes a  ovejas y personas, con retinas atrofiadas por demasiada luz. Los mejores  cursos de agua bajan llenos de plomo, arsénico y otras porquerías.  Muchos se están agotando y los riachuelos más modestos sólo fluyen de  cuando en cuando. Y desde luego todos y todas somos conscientes en  ‘carne propia’ de los desordenes climáticos actuales. ― Un frio estival y un cálido invierno ― dicen los meteorólogos de la televisión mostrando un almendro florecido adornado con bolas y estrellas por Navidad.

 

 

Sabemos  de los problemas de maltratar a nuestro planeta y estamos defendiendo y  exigiendo soluciones para frenar tanta degradación: proyectos para la  protección de especies, técnicas de reciclaje, construcciones  bioclimáticas, etc. Pero nos olvidamos de una propuesta: revisar  nuestros patrones de agricultura y alimentación pues, como vamos a ver,  es responsable de la mitad de Gases Efecto Invernadero (GEI) que eclipsan el futuro al generar el mayor de los problemas ambientales, el cambio climático.

 

 

Para  ello vamos a tomar un alimento producido bajo un modelo de agricultura,  ganadería o pesca intensiva y globalizada, y a contabilizar  desagregadamente dónde y cuántas emisiones de CO2 ha generado, desde que  se pensó en producirlo hasta que se consumió o desperdició. Veamos.

 

 

Hay  que tener en cuenta los preliminares, cuando un empresario agrícola se  sienta junto con sus asesores. ― Mmm vamos a ver, este año la colza y la  soja se venderán muy bien puesto que hay una gran demanda de  biocombustibles ― dice. El técnico agrónomo sentado a su derecha hace un  cálculo rápido y explica ― necesitaremos nuevas tierras para tanta  producción. Y las excavadoras y las sierras mecánicas arrasan con todo sin detenerse en ningún valor ético ni ecológico.  Contabilizar las emisiones que se producen por estos cambios en el uso  del suelo suma entre el 15 y el 18% del total de emisiones de GEI.

 

 

Cuando  se dispone de tierras, sisadas a la Naturaleza o al pequeño  campesinado, queda escoger cómo ponerlas a producir. La opción  convencional o mayoritaria apuesta por monocultivos o ganadería  estabulada que funcionan en base a maquinaria pesada que se mueve con  petróleo y fertilizantes, plaguicidas y demás insumos de base  petroquímica. Estos procesos agrícolas industrializados acaban  representando entre un 11 y 15% del total de emisiones.


Muchos alimentos se han producido lejos de nuestras mesas, como las gambas  producidas en Ecuador, transportadas a Marruecos para su procesamiento,  que luego se empaquetan en Ámsterdam para venderse en Barcelona.  Aunque algunos medios de transporte son menos contaminantes, todos  dependen del petróleo y finalmente contabilizan entre el 5 y 6% de las  emisiones totales.

 

 

Muchos  de estos alimentos, en el trayecto, en el comercio y en casa, requieren  conservarse en frío. En estas fases, las estimaciones indican que se  producen entre el 2-4% del total de GEI. Un modelo que exige tanta  refrigeración es como una estufa para el Planeta.

 

 

Si  miramos nuestras despensas tres cuartas partes de los alimentos que  guardamos han sido procesados: calentados o congelados previamente para  su conservación, en bandejas listas para el microondas o en cápsulas de  aluminio para la cafetera. Esta serie de procesos, cuanto menos  cuestionables, genera aproximadamente entre un 8 y 10% de las emisiones.

 

 

Para  acabar, el sistema alimentario industrial, aunque presume de eficiente,  es todo lo contrario, y hemos de denunciar las enormes cantidades de  alimentos producidos que finalmente no llegan a nuestros estómagos, que  se despilfarran porque tienen taras, que se estropean en su maratón o  que se tiran en el supermercado porque no se ‘acomodan’ a sus  requerimientos de venta. Gran parte de estos desperdicios se pudren en  basureros produciendo entre un 3 y 4% de GEI.

 

 

Entonces,  si tomamos las seis fases en las que hemos fragmentado el sistema  alimentario global y sumamos su responsabilidad en la crisis climática,  podemos observar que producir y comer de esta forma nos lleva a  generar entre un mínimo del 44% y un máximo del 57% de las emisiones de  gases con efecto de invernadero producidas por el ser humano.

 


Cambiar el sistema agroalimentario es cambiar el destino del Planeta.
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23 Jan 2016




http://www.decrecimiento.info/2016/01/asfixia-en-el-supermercado.html

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