Los espejismos del capitalismo bueno

Hace más de un siglo cuando el capitalismo se consolidó a escala global el mundo quedó distribuido entre ricos y pobres, o entre desarrollados y sus áreas de influencia. La alternativa para los pobres es crecer lo posible, redistribuir mejor y cultivar valores sociales que hagan menos dependiente la felicidad del mundo del consumo.

Carlitos

 

He oído decir (más de lo que quisiera) a intelectuales, funcionarios, profesionales, gente en la calle, que ya es hora de que Cuba sea un país normal. En ocasiones, producto del cansancio y de suponer como utópicas las alternativas de izquierda, en otras, motivados por sus experiencias y percepciones sobre las bondades del capitalismo. Pero, en un mundo al que (como dice un gran amigo) se le conocen demasiado las costuras, ¿podríamos decir que hay un capitalismo bueno?

Primeramente, nuestra visión está permeada por el mito de la inserción cubana en Estados Unidos. Los beneficios que brinda la Ley de Ajuste Cubano amplifican la ilusión de una nación de grandes oportunidades, el llamado "american dream". Pero habría que preguntarse qué sería de miles y miles de cubanos en ese país sin los permisos automáticos para trabajar, sin el derecho preferencial a residencia y sin los foods stamps.

En segundo lugar, está el mito de la inserción del capital humano. Los cubanos logran adaptarse con relativa facilidad en cualquier país (desarrollado o subdesarrollado), pero generalmente se olvida que las habilidades (instrucción y capacidad de resistencia) para triunfar en mercados laborales muy competitivos se adquirieron sin costo ni discriminación alguna en Cuba.

Varios economistas han resaltado recientemente la poca movilidad de las clases sociales en el siglo XXI. Una persona que nace pobre en los Estados Unidos tiene una probabilidad muy alta de seguir siendo pobre al final de su vida. Es muy probable que una persona que nazca pobre en Cuba tenga muchas más posibilidades de triunfar en los Estados Unidos (o en cualquier otro país desarrollado) que una que nace pobre allí.

Finalmente, está el mito de la posibilidad de alcanzar los estándares de vida de los países desarrollados. Muchos cubanos que viven o han viajado a Estados Unidos o Europa se preguntan por qué no podremos tener esos niveles de desarrollo. La respuesta puede parecer fatalista, pero está anclada en la ciencia: no es posible, al menos no dentro de los márgenes del sistema.

Hace más de un siglo (cuando el capitalismo se consolidó a escala global) el mundo quedó distribuido entre ricos y pobres, o entre desarrollados y sus áreas de influencia. No fue un proceso organizado, fue el resultado de la puja de intereses y la concentración del capital internacional. Y las posibilidades de que los países pobres pasen a ser países de mayores ingresos son mínimas. Las principales experiencias de naciones que lo han logrado están asociadas a circunstancias muy politizadas o mecanismos que no son esencialmente capitalistas (como el caso de China).

La alternativa para los pobres es crecer lo posible, redistribuir mejor y cultivar valores sociales que hagan menos dependiente la felicidad del mundo del consumo. Debería ser eso el Socialismo, ¿no?

La normalidad del capitalismo es una enorme desigualdad, un sistema político disfuncional y un esquema de consumo y producción destructivos. Que nuestras facilidades de inserción política o cultural nos permitan ver un capitalismo mejor, no quiere decir para nada que ese sea el "pedazo de capitalismo" que nos toca.

Soy un eterno inconforme de lo que somos, pero el rumbo a la "normalidad" no significa otra cosa que renuncia. Si hay un país que tiene la madurez política, cultural y ética para plantear una estrategia de desarrollo "anormal", más inclusiva, más moderna, más enfocada en la felicidad de las personas, ese es el nuestro.

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