Consumo, luego existo

Revestida de objetos deseados, la persona es elevada al altar de los aclamados por la envidia consumo luego existoajena. Ella se convierte también en objeto, confundida con sus pertrechos

 

Frei Betto


 

Al visitar en agosto la admirable obra social de Carlinhos Brown, en Candela, Salvador, le oí contar que en su infancia, vivida allí en la pobreza, no había conocido el hambre. Siempre había un poco de harina, frijoles, fruta y vegetales. “Quien trajo el hambre fue el frigorífico”, decía. Ese electroméstico le impuso a la familia la necesidad de lo superfluo: alimentos refrigerados, helados, etc.

La economía de mercado, centrada en el lucro y no en los derechos de la población, nos somete al consumo de símbolos. El valor simbólico de la mercancía está por encima de su utilidad. Por eso el hambre a que se refiere Carlinhos Brown es indefectiblemente insaciable.


Somos consumidos por las mercancías en la medida en que esta cultura neoliberal nos hace creer que de ellas emana una energía que nos cubre como una unción bendita, la de que pertenecemos al mundo de los elegidos, de los ricos, del poder. Pues la avasalladora industria del consumismo imprime a los objetos una aureola, un espíritu, que nos transfigura cuando lo tocamos. Y si nos vemos privados de tal privilegio, el sentimiento de exclusión causa frustración, depresión, infelicidad.


No importa que la persona sea imbécil. Revestida de objetos deseados, es elevada al altar de los aclamados por la envidia ajena. Ella se convierte también en objeto, confundida con sus pertrechos y todo lo que carga en sí, pero que no es ella: bienes, dinero, cargos, etc.


Comercio deriva de “con merced”, con trueque. Hoy día las relaciones de consumo están desprovistas de intercambio, son impersonales, ya no son mediatizadas por las personas. Antes la tendera, el boticario, la mercera creaban vínculos entre el vendedor y el comprador, y constituían también el espacio de las relaciones de vecindad, como todavía sucede en la feria.


Ahora el supermercado suprime la presencia humana. Allí están los estantes abarrotados de productos seductoramente empacados. Allí la frustración de la falta de convivencia es compensada por el consumo superfluo. “Nada podría ser mejor que la seducción”, dice Jean Baudrillard, “ni siquiera el orden que la destruye”. Y la seducción llega a su cumbre suprema en la compra por internet. Sin levantarse de su silla el consumidor hace llegar a su casa todos los productos que desea.


Voy con frecuencia a las librerías de los centros comerciales. Al pasar ante los locales y
contemplar los venerables objetos de consumo, se acercan los vendedores preguntando si necesito algo. “No, gracias. Sólo estoy dando un paseo socrático”, les respondo. Me miran intrigados. Entonces les explico que Sócrates era un filósofo griego que vivió siglos antes de Cristo, al que también le gustaba pasear por las calles comerciales de Atenas, y que, asediado por vendedores como ustedes, respondía: “Estoy observando solamente cuánta cosa hay que no necesito para ser feliz”.


Frei Betto es escritor, autor de Tipos típicos. Perfiles literarios, entre otros libros



Tomado de Blog SocioMacro   Publicado  01/11/2006

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